Sobreviviendo al genocidio en Ruanda

Por Alphonsine Kabagabo, Jefa de Relaciones con los Miembros, Asociación Mundial de las Guías Scouts

Alphonsine and daughter WAGGGS

Me sentí tan culpable por sobrevivir. Durante muchos años no quería hablar  de ello. Perdí a muchos miembros de mi familia – primos, tías, tíos y a mi mejor amiga.

Provengo de una familia de 14 hijos, pero cuando comenzó el genocidio en 1994, sólo dos de nosotros vivíamos en Ruanda con mis padres.

Mis otros hermanos vivían en el exilio, en Burundi, Congo, Bélgica y Canadá, a causa de la persecución y la discriminación que estaba teniendo lugar desde hacía muchos años.

En abril de 1994, cuando nos enteramos de la muerte del Presidente de Ruanda, Juvénal Habyarimana, supimos que todo había terminado para nosotros. Decidimos reunirnos en una pequeña casa con la esperanza de que no nos encontrara la milicia.

Pero pocas horas después, algunos militares y soldados llegaron a nuestra casa. Ellos dijeron, ‘Los vamos a matar’. Mi padre les dio todo lo que pudo encontrar y se fueron. Dos horas después regresaron. Mi padre les rogó, ‘¡Por favor no maten a mis hijos!’ Les dio el resto de su dinero y pidió a uno de ellos que nos llevara a la iglesia. Él pudo habernos matado, pero nos llevó a donde queríamos. Cuando llegamos allí pensamos que estábamos a salvo, pero no era así.

Luchando por sobrevivir

Había muchas personas – algunas heridas, otras muriendo. Pasamos la primera noche allí. Todos estábamos muy asustados.

Yo era la maestra de la escuela que estaba junto a la iglesia, así que conocía bien al sacerdote. Me acerqué a él y le dije que había otra pequeña casa donde vivían otros maestros y le pregunté si mi hija y yo, junto con mi hermana y sus hijos podíamos escondernos allí, ya que tal vez encontraríamos leche para los niños. Él aceptó.

Una hora después de que nos fuimos, llegaron la milicia y los soldados a matar a la gente que estaba en la iglesia. Mi madre, padre, sobrino y sobrina estaban todos en la iglesia. Alguien corrió a decirnos que estaban matando a la gente, así que pensamos, ‘esto es todo, están muertos.’

Durante la noche, mi padre llegó a la casa con el sacerdote y mi sobrino. ¡No lo podíamos creer! Lloramos porque estábamos convencidos de que mi madre y mi sobrina habían muerto.

Un milagro

El 13 de abril, un sacerdote me pidió que fuera a reunirme con alguien. Pensé que me iban a matar, pero cuando salí vi a mi cuñado, un soldado belga y miembro de la misión de paz de la ONU. Me dijo que tomará a mi bebé y llamara a mi hermana y a mi padre. Nos llevó a un tanque del ejército y cuando llegamos, ¡mi madre y mi sobrina estaban allí!

Pensábamos que mi madre estaba muerta, pero cuando empezaron a matar a la genta en la iglesia, ella cayó al suelo y otros cuerpos cayeron encima de ella. El sacerdote la encontró entre los cuerpos y la escondió con otros sobrevivientes. ¡Mi sobrina logró correr y esconderse en los matorrales! ¿Cómo puedes explicar esto? Es un milagro.

Nos llevaron al aeropuerto y volamos a Nairobi, Kenia, antes de establecernos finalmente en Bélgica.

"Como un miembro activo de la Asociación de Guías de Ruanda, había un espíritu de unidad para mantenernos juntos, no importa de dónde venimos. Sólo queríamos aprender acerca de ser ciudadanos responsables y no importaba si eran hutus o tutsis."

Alphonsine Kabagabo
Parte de la hermandad

Mi familia y yo habíamos experimentado tanto en Ruanda que nuestra llegada a Bélgica fue un shock. De pronto era una forastera, una refugiada.

Estaba acostumbrada a crecer dentro de una sociedad que discrimina. Se podía sentir en la escuela, en la comunidad. Sin embargo, era un miembro activo de la Asociación de Guías de Ruanda, había un espíritu de unión para mantenernos juntas, sin importar de dónde proveníamos. Sólo queríamos aprender acerca de ser ciudadanas responsables y no importaba si eras hutu o tutsi.

El Guidismo fue – y sigue siendo – una gran parte de mi vida y me ha hecho la mujer que soy. Cuando llegue a Bélgica, me sorprendí al ver a dos de mis amigas Guías esperando para darnos la bienvenida a mí y a mi familia. Estábamos unidas por ser parte de este Movimiento global para niñas.

Nos dieron comida y apoyo y nos proporcionaron un espacio seguro donde pudiera abrirme y contar lo que había experimentado sin miedo a ser juzgada. Mis compañeras Guías también me dieron la confianza para ser yo misma y me hicieron darme cuenta de que aún podía hacer algo con mi vida. 

Rwanda women WAGGGS

Pasión por construir la paz

Me dieron el espacio para seguir mi pasión por construir la paz. Cuando regresé a Ruanda dos años después, fui a ver a mi grupo de Guías.

Fue increíble ver cómo las mujeres habían tomado el control de su destino y habían reconstruido su asociación, y la forma en que hutus y tutsis lo habían hecho juntas. Las Guías belgas, francesas y alemanas también apoyaron la reconstrucción, donando dinero, asesoramiento, capacitación…

Cuando pienso dónde estoy ahora, lo que he logrado y lo que he sobrevivido, sé que mucho de ello no habría sido posible sin el apoyo de esta hermandad. 

Una de mis primas fue violada por 10 soldados. Mi mejor amiga fue asesinada de una manera que no puedo explicar. Ruanda era un país 95% católico y las personas estaban comprometidas con su fe y solían ir a la iglesia todos los domingos; se mataron unos a otros en esas mismas iglesias. Me tomó mucho tiempo aceptarlo. Pero, el sacerdote que nos salvó, y algunos otros, eran buenos. Necesito aceptar que no todo el mundo es malo.

Avanzando

Actualmente trabajo para la Asociación Mundial de las Guías Scouts, y también visito escuelas para educar a los jóvenes sobre el tema del genocidio. También soy miembro del consejo de administración de SURF, un fondo que apoya a los sobrevivientes del genocidio de Ruanda. Es importante trabajar con los jóvenes para ayudarlos a tener una mentalidad abierta y respetarse mutuamente, mostrar comprensión y estar comprometidos con los derechos humanos.

Cada vez que hablamos sobre el genocidio ruandés, tenemos que recordar que países como Sudán del Sur y Burundi lo han estado sufriendo durante demasiado tiempo. Necesitamos apoyar colectivamente a otras comunidades y hacer que nuestras voces sean escuchadas para que esto no vuelva a suceder – y esto empieza con los jóvenes.  

Para mí es increíblemente alentador ver a los jóvenes estremecerse y mostrar interés, incluso 23 años después. A pesar de que mi hija, quien tiene la misma edad del genocidio ruandés, no recuerda lo que sucedió, ella quiere que yo comparta nuestra historia por dolorosa que sea, porque es importante que aprendamos de ella.

Y cuando ella me dice, “Mamá, estoy tan orgullosa de ti, tú eres mi modelo a seguir” – sé que es una historia que debo seguir compartiendo. 

Compartir esta página